Por Ariel Kuzminchuk
La escritora argentina Samanta Schweblin ha sido noticia al convertirse en la primera ganadora del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros, gracias a su libro El buen mal (Random House, 2025).
No la conozco, no la leí; me pasa lo mismo con Mariana Enriquez, a quien sigo en las notas que hace para diferentes medios. Hace poco la vi en un reel donde decía algo así como que ella ve la realidad a través de una mirada truculenta: para ella, una valija en un pasillo de hotel no puede ser simplemente la posibilidad de que alguien, sin querer, la haya olvidado; a ella le dispara un sinfín de cuestiones inquietantes o terroríficas.
Con respecto a la primera, como no conozco su obra, le mandé un mensaje a mi amiga Ana Mac Donagh —excelente diseñadora de arte de libros que se mueve en el mundo de las editoriales— para que me pasara información o me contara en qué género se mueve la autora. Bueno, parece ser un mundo de lo fantástico y el terror. No es novedad que la literatura argentina esté a una gran altura de calidad y se mueva a la vanguardia del resto de la literatura universal. Me alegra y, de alguna forma, me enorgullece ese logro ajeno que siento como propio, por cuestiones puramente patrióticas, si se me permite.
Lo que sí me llama la atención es que el género de terror ha tomado nuevos bríos en estos tiempos inquietantes que nos toca vivir a nivel mundial. La paranoia y el terror parecen ser el estado de las cosas. Nadie escapa, nadie está afuera; somos víctimas de una paranoia y un miedo que nos despierta a todos en las madrugadas y nos deja pensando cuánto tiempo podremos resistir esa sensación de estar atacados, temiendo que, en cualquier momento, eso que acecha caerá sobre nosotros de la peor manera.
Las dos películas de las que estuve viendo sus tópicos pasan por ese lugar; son actuales, son urgentes y muestran los temas que están en todos los soportes mediáticos que consumimos. Una es Una batalla tras otra, del gran director Paul Thomas Anderson, que entre todos los temas sobresalientes que retrata, habla sobre la paranoia, el control estatal y la xenofobia. La otra es Sinners (2025), dirigida, escrita y producida por Ryan Coogler, que también trata temas comunes bajo el racismo y la era de Jim Crow: ambientada en el Misisipi de 1932, la película utiliza el horror sobrenatural como una alegoría de la opresión racial, la violencia institucional y el sistema de segregación.
El terror aparece en ambas. El género parece volverse plástico y toca de diferentes formas el relato para contar una realidad palpable que nos afecta socialmente. En el caso de las escritoras argentinas, parece repetirse eso de que el género ha traspasado su techo y se vuelve canalizador para cosas que nos están pasando ahora a los humanos en cualquier parte del mundo conocido. No es nuevo que el terror o la ciencia ficción hayan sido mensajeros de cuestiones que tienen que ver con la realidad palpable en la que vivimos; pero lo novedoso es que cada vez más el género, que estrictamente se movía en un mundo totalmente fantástico, ahora está lamentablemente cercano a lo que vivimos y sentimos en lo cotidiano.
Ya no hay divisiones tan claras que nos separen de lo que sucede en la pantalla o en las letras. Como espectadores, ya no podemos distinguir si el monstruo va a salir de debajo de la cama o de la oscuridad del placard, atravesando esa puerta visiblemente entreabierta. Esta vez pareciera que vamos a tener el peor de los finales, el más violento, el más doloroso. Estamos preocupados por lo que nos pueda pasar, por ser «desvividos» nosotros y quienes nos rodean. El terror se ha vuelto colectivo; los relojes en los noticieros nos marcan el final, la posibilidad de que no solo moriremos, sino que lo haremos colectivamente y de la forma más cruenta. Ahí afuera, desde la oscuridad, puede aparecer lo más temido.
El espíritu de la época impera en nuestros pensamientos. No podemos gritar, no podemos manifestarnos, porque nos convertiríamos en un faro de atención y no queremos llamar la atención porque estaríamos señalados. Lucrecia Martel hace poco también manifestó que la producción cultural hace a nuestros destinos y que, si los hacedores culturales siguen produciendo obras tan apocalípticas, seguiremos profetizando lo que será un final devastador. Por lo tanto, se debería empezar a producir obras que reflejen la belleza del mundo y así empezar a torcer lo que parece un futuro insalvable.
Sin embargo, es muy difícil hacerse a un costado y liberarse del mal que parece acecharnos. El terror como tópico también se ha vuelto parte de la economía de mercado; los productores saben que el miedo vende y nosotros, quienes consumimos, parecemos buscar en estas ficciones un refugio paradójico: un entorno donde el horror tiene reglas, a diferencia de la realidad. El riesgo es que este terror se vuelva meramente decorativo o anestésico, convirtiendo nuestras crisis en simple entretenimiento para ver si hay algún modo o salida esgrimida por algún héroe que muestre la receta de cómo esquivar el hacha.
Mientras tanto, somos víctimas de la reproducción de los hechos que nos aquejan y, sin lugar a dudas, deberemos transitar el terror y seguir viviendo de la misma forma hasta que todo tome otro color. Pero ese cambio no llegará por inercia; ocurrirá cuando uno de esos hechos inauditos realmente provoque un cambio de era. Tal vez ese «hecho inaudito» sea, precisamente, el acto de desobediencia que propone Martel: dejar de alimentar la hoguera de las profecías apocalípticas. Si el terror se ha vuelto el motor de una economía que lucra con nuestra angustia, la verdadera vanguardia no está en imaginar cómo seremos destruidos, sino en tener el coraje de imaginar cómo seremos salvados.
La belleza, entonces, deja de ser un adorno para convertirse en un escudo político. Frente a una pantalla que nos devuelve espejos de vigilancia, racismo y desolación, elegir la belleza y la construcción de un destino común es la única forma de resistir. Quizás el final de esta historia no tenga que ser cruento si aprendemos a mirar, entre las sombras de lo cotidiano, aquello que todavía merece ser rescatado del incendio.