La regulación se elaboró a partir de un estudio de la UNPSJB sobre la fragilidad y erosión del sector. Alejandro Monti, investigador que participó del trabajo, explicó cómo se reorganizarán los usos y por qué el próximo verano será clave para evaluar si las medidas funcionan.
Playa Paraná tendrá un nuevo ordenamiento para reorganizar la presencia de casillas, motorhomes y vehículos y proteger los sectores más frágiles de la costa. Pero para Alejandro Monti, investigador de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB) que participó del estudio sobre el área, la verdadera prueba comenzará cuando las nuevas reglas salgan del papel.
“El éxito de la política pública, en este caso el ordenamiento de Playa Paraná y Playa Kaiser, se va a ver cuando esté en territorio”, sostuvo Monti.
La definición apunta al desafío que comenzaría a observarse desde noviembre: modificar prácticas instaladas durante años y compatibilizar diferentes maneras de utilizar uno de los sectores costeros de Puerto Madryn.
Un estudio que comenzó por la erosión
La participación de la Universidad tiene como antecedente investigaciones realizadas en Playa Kaiser sobre la dinámica de la erosión costera.
Monti explicó que esos trabajos ya habían permitido observar cómo determinados usos podían incrementar procesos erosivos existentes, especialmente sobre el sector de acantilados.
Entre ellos mencionó “el sobrepeso de casillas y el tránsito vehicular”, además de las modificaciones realizadas para generar espacios donde instalarse, que implicaron eliminar vegetación y desmontar médanos.
Cuando el Municipio comenzó a trabajar sobre el ordenamiento de Playa Paraná, surgió entonces la posibilidad de estudiar primero el comportamiento de ese paisaje antes de intervenirlo.
La Universidad aplicó una metodología basada en geoindicadores de cambios costeros, que permite identificar rasgos del territorio y determinar la magnitud de procesos como la erosión.
Playa Paraná fue dividida en siete sectores
El estudio permitió comprobar que no toda Playa Paraná presenta las mismas características ni puede soportar los mismos usos.
La zona fue dividida en siete sectores, donde se analizaron el relieve, la fragilidad del paisaje, su capacidad de soporte y las alteraciones provocadas por las actividades que ya se desarrollaban allí.
A partir de esos resultados, los investigadores recomendaron una estrategia de protección de áreas críticas.
Monti hizo una distinción central: proteger no significa prohibir el acceso o el uso de la costa.
“Nunca fue la idea, por lo menos desde nuestro estudio, que fuera una zona de exclusión, de no uso, sino justamente tratar de hacer el mejor uso acorde a lo que el paisaje ofrece”, explicó.
La propuesta contempló diferentes niveles de utilización y sectores donde podrían permanecer casillas y motorhomes bajo determinadas condiciones. También incorporó el riesgo asociado a marejadas y tormentas como una variable para decidir dónde y cómo ocupar el espacio.
El otro problema: cómo compartir la playa
El diagnóstico no quedó limitado a la erosión. Durante el proceso apareció también un conflicto entre las distintas formas de utilizar Playa Paraná.
Monti señaló que existían reclamos de personas que llegaban a pasar el día y se encontraban con una concentración de motorhomes y casillas que dificultaba la visual hacia el mar.
Por eso, el investigador planteó la necesidad de pensar un “paisaje negociado”: reconocer los distintos intereses y buscar un equilibrio entre quienes utilizan casillas o motorhomes y quienes quieren acceder a la costa de otra manera.
La finalidad, sintetizó, es alcanzar “el uso para todos de manera ordenada”.
Una regulación apoyada en un estudio científico
Para Monti, uno de los aspectos destacados del proceso es que las decisiones sobre el territorio se hayan construido a partir de información académica.
Tras entregar el estudio, investigadores de la Universidad realizaron recorridas sobre el terreno junto a distintas áreas municipales para explicar las características de cada sector. Monti también participó de reuniones con concejales para presentar los resultados.
“Lo interesante de la ordenanza es que se basó en un estudio científico, académico”, remarcó.
El investigador lo vinculó con el concepto de políticas públicas informadas con base científica: utilizar evidencia sobre el territorio para definir posteriormente cómo intervenirlo.
El verano dirá si funciona
Según indicó Monti, la información que recibió es que durante noviembre comenzarían la sectorización y la reubicación de las casillas.
A partir de allí, la Universidad avanzará con una segunda etapa: evaluar los resultados.
Una maestranda de la Maestría en Geografía de Espacios Litorales realizará el seguimiento como parte de su tesis. Durante los meses de mayor utilización de la costa analizará el grado de aceptación de las nuevas disposiciones, su cumplimiento y los cambios que puedan registrarse en el paisaje.
También se volverán a estudiar los indicadores costeros para determinar si la erosión continúa, disminuye o aparecen procesos de acumulación que puedan señalar una evolución favorable.
Monti advirtió que incluso una política construida sobre evidencia puede necesitar modificaciones una vez que comienza a aplicarse.
“Siempre hay que dejar que el proceso se instale, se desarrolle y luego evaluarlo. Y ahí seguramente necesitará ajustes, porque todo es falible, nada es infalible”, sostuvo.
Por eso, el próximo verano será el primer examen concreto del nuevo ordenamiento de Playa Paraná: permitirá conocer si la reorganización propuesta logra proteger los sectores más frágiles y, al mismo tiempo, ordenar la convivencia entre las diferentes formas de disfrutar la costa.
