sábado, marzo 7, 2026

¿Y dónde está mi peli?

Por Silvana Angelicchio
Una pregunta que los espectadores se hacen entre la displicencia y el FOMO.  
Todavía internet parece un espacio infinito donde se busca lo que sea y en segundos se obtiene, donde todo está disponible y listo para ser consumido.
Idea tan confortable como irreal, porque no todo ha sido digitalizado y gran parte del patrimonio cultural de la humanidad —archivos antiguos, regionales, privados, etc. — sigue en soportes físicos o de acceso limitado e inexistente para quien no sepa de ellos.

Cine a demanda 

En el caso del cine ese espejismo se ha hecho evidente en la creciente falta de afluencia de público a las salas, en particular después del auge tomado por las plataformas de streaming, ya que muchos espectadores simplemente esperan hasta que el film deseado se estrene en una de ellas. 
Lo cierto es que los films no están disponibles universalmente y los sitios on demand o las plataformas donde se encuentran funcionan con licencias territoriales y temporales por lo que algo puede estar disponible hoy y desaparecer mañana o presente para un país y bloqueado en otro. 
Algoritmos y selección
Son los algoritmos los que moldean la percepción, mostrando mucho dentro de márgenes definidos por intereses comerciales y patrones de consumo; en una curaduría invisible que hace creer que se accede a todo, cuando en realidad solo se ve la parte rentable o popular que se acerca a las  elecciones previas de cada uno.
Además, la sobreabundancia –nunca se ha producido tanto material audiovisual-  oculta a los contenidos minoritarios por estar en lenguas menos difundidas o menos publicitados por independientes y/o de bajo presupuesto, quedando enterrados en los catálogos o en la enésima página propuesta por los buscadores.

Falsas impresiones que pueden generar la sensación de que si no está disponible online no importa, disminuyendo el valor de archivos físicos, cinematecas y otros lugares de conservación y fomentar la idea de que la memoria cultural es automática, cuando en realidad requiere de trabajo activo.
Algo que ocurre con los contenidos audiovisuales, pero también con la literatura, la música y las artes en general, porque la web es una herramienta estupenda pero no llega a la categoría de biblioteca total o de Aleph borgiano al ser fragmentada, dinámica, cambiante y condicionada por decisiones tecnológicas, económicas y políticas.
Reconocer estos límites no niega su potencia, sino la necesidad de entender que la cultura es más amplia que cualquier sitio, plataforma o aplicación y que la memoria colectiva necesita más cuidado y preservación que una conexión de internet;  en particular cuando la sobrecarga de los servidores amenazan con un distópico apagón general. 
Silvana Angelicchio: maragata afincada en Bahía Blanca, donde ha trabajado como crítica de cine y periodista durante 25 años.

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