Apenas 1.500 metros separan el centro de Valcheta de un paisaje que conserva la memoria de una Patagonia completamente diferente. Allí, 229 troncos fósiles permanecen en el lugar donde quedaron hace millones de años. Anahí Gómez, guía turística del Monumento Natural Bosque Petrificado, invita a descubrir un sitio que cambia con cada estación y que se puede recorrer caminando o en bicicleta.
Hay que dejar atrás Valcheta y avanzar apenas un kilómetro y medio para encontrarse con otra Patagonia. Una que no tiene la aridez ni la vegetación baja que hoy caracterizan a buena parte de la estepa, sino que remite a un tiempo en el que este territorio tenía condiciones climáticas subtropicales a tropicales y estaba cubierto por árboles que podían alcanzar unos 20 metros de altura.
De aquel paisaje quedan rastros. Muchos.
Son troncos convertidos en piedra que permanecen acostados sobre el terreno, algunos parcialmente descubiertos, con sus vetas, cortezas y anillos todavía reconocibles. Tienen entre 75 y 80 millones de años y forman parte del Monumento Natural Bosque Petrificado de Valcheta, un Área Natural Protegida que ocupa 55 hectáreas y que guarda una particularidad: es el bosque petrificado más septentrional de la Patagonia, es decir, el ubicado más al norte.
“Es de fácil acceso para todos y también para nosotros tiene un valor muy importante, un valor patrimonial muy importante para los valchetenses”, cuenta a Patagonia News Anahí Gómez, guía turística del Bosque Petrificado, quien trabaja desde hace unos seis años en el lugar.
Su relato permite entender que la visita no consiste solamente en mirar fósiles. Es caminar sobre el escenario de una historia que comenzó millones de años antes de que existiera el paisaje patagónico que conocemos.
Cuando la estepa era un bosque
Cuesta imaginarlo desde el presente.
Donde hoy predominan las características propias de la estepa, durante el Cretácico Superior se desarrollaba un bosque relativamente cerrado, con árboles de una altura media cercana a los 20 metros.
“Esto antiguamente era una zona de clima subtropical a tropical”, explica Gómez. Entre la vegetación de aquel período se identificaron ejemplares posiblemente vinculados a Podocarpaceae, además de Cycadales y palmeras.
Los propios fósiles conservan pistas sobre aquel ambiente. Los anillos de crecimiento de las antiguas coníferas permiten reconocer una estacionalidad climática, con períodos de lluvias y humedad y también una estación seca.
Hasta que aquel bosque desapareció.
Los árboles fueron derribados y grandes cantidades de cenizas volcánicas terminaron cubriéndolos. Al quedar sepultados, las condiciones impidieron su descomposición y comenzó un proceso que se prolongaría durante millones de años: los componentes originales fueron reemplazados por minerales, principalmente sílice, hasta convertir la madera en piedra sin borrar completamente su apariencia.
Por eso, millones de años después, todavía es posible reconocer ramas, cortezas, vetas y anillos de crecimiento.
Y hay un detalle que Anahí suele aclarar antes del recorrido.
“Por ahí la gente se imagina que va a haber árboles de pie, pero están todos acostados, en el sitio en el que fueron encontrados”, cuenta.
No fueron trasladados para armar una exhibición. Los troncos permanecen allí.
Algunos fueron parcialmente descubiertos para facilitar su observación y se colocaron cercos para evitar que los visitantes caminen sobre ellos. Otros pueden tocarse y fotografiarse, aunque existe una regla fundamental: ningún fragmento puede salir del área ni cambiarse de lugar.
229 troncos a simple vista y un paisaje que todavía se sigue estudiando
Hasta el momento se contabilizaron 229 troncos fósiles observables a simple vista dentro del área.
Pero el conocimiento sobre el bosque no está cerrado.
“Con los años han ido llegando más estudios”, señala Gómez. Investigadores de distintas universidades han trabajado en el sitio y la propia información científica sobre la datación y las especies puede modificarse a medida que avanzan las investigaciones.
Ese es también uno de los motivos por los que conservar el área resulta central: lo que hoy es un atractivo turístico es, al mismo tiempo, patrimonio paleontológico, espacio educativo y territorio de investigación.
No se han encontrado restos de vertebrados fósiles dentro del predio.
Un bosque para volver en distintas épocas del año
El viaje al pasado convive con el paisaje actual.
Mientras los troncos cuentan cómo era la Patagonia hace decenas de millones de años, alrededor crecen jarillas, piquillines, molles, tomillo y manzanilla. En el cielo y entre la vegetación pueden aparecer calandrias, loros barranqueros, jotes, zorzales, loicas, carpinteros y martinetas.
Y esa combinación hace que el recorrido no sea exactamente el mismo durante todo el año.
“Hay épocas, septiembre, noviembre, donde está la floración de todas estas especies y también es muy lindo de recorrer”, cuenta Anahí.
El Monumento Natural permanece abierto durante todo el año, incluso los feriados, y dispone de cuatro senderos de características agrestes. Dos están habilitados para realizar en bicicleta y existe servicio de alquiler dentro del área.
Los recorridos pueden hacerse acompañados por los guías o de manera autoguiada. Además de turistas, durante el ciclo lectivo llegan grupos escolares de Valcheta y de otras localidades de Río Negro, así como estudiantes universitarios.
“Las escuelas locales van todos los años. Siempre tienen algún trabajo fijado para poder recorrer el bosque”, explica Gómez.
Durante las vacaciones, en cambio, aumenta la presencia de viajeros. Por el sitio han pasado visitantes de distintas provincias argentinas y también turistas provenientes de países como Chile, Uruguay, Brasil, Italia, Francia, Suiza, Escocia y Australia.
A un paso de Valcheta
Para conocer este paisaje no hace falta realizar una larga travesía.
El acceso se encuentra a aproximadamente 1.500 metros del casco urbano de Valcheta y puede realizarse en vehículo o incluso caminando.
“Es de fácil acceso. No queda muy lejos de la localidad; incluso pueden llegar caminando”, explica la guía.
Quienes arriben por primera vez pueden acercarse al Centro de Informes Turísticos de Valcheta, donde reciben indicaciones sobre el camino más conveniente según el vehículo en el que viajen.
El bono de ingreso actualmente tiene un valor de $5.000 para mayores y $2.500 para menores de entre 6 y 12 años. Los residentes no abonan entrada y el alquiler de bicicletas cuesta $7.000.
En temporada baja, el Bosque Petrificado abre de lunes a viernes de 9 a 18 y sábados y domingos de 10 a 18.
Entre noviembre y marzo amplía sus horarios: de lunes a viernes funciona de 8 a 20, mientras que sábados y domingos abre de 10 a 13 y de 14.30 a 20. También cuenta con servicio de cafetería.
Para recorrerlo se recomienda llevar calzado cómodo, gorra, protector solar y agua. Durante los días de temperaturas elevadas del verano, las mejores horas son por la mañana o hacia el final de la tarde.
Conocer un paisaje que necesita permanecer intacto
Hay algo que el visitante debe comprender antes de abandonar el lugar: lo que permaneció allí durante millones de años debe seguir allí.
No está permitido llevarse fragmentos de los troncos, por pequeños que sean, ni moverlos de su posición original. Tampoco se puede fumar dentro del predio y los residuos deben depositarse en los lugares habilitados.
Es parte de un equilibrio necesario para que el bosque pueda seguir recibiendo turistas, escuelas e investigadores sin perder aquello que lo hace excepcional.
Después de seis años acompañando visitantes, Anahí todavía encuentra una manera sencilla de explicar por qué vale la pena acercarse hasta allí.
“Es un lugar lindo de recorrer, de conocer, de transportarse hacia el pasado”, dice.





