En un giro tan predecible como forzado, Ignacio Torres intenta ahora apropiarse de símbolos ajenos y discursos prestados. Tras haber sido un socio leal —casi servil— del gobierno de Javier Milei, el gobernador de Chubut busca despegarse del desgaste nacional al que contribuyó con entusiasmo. Lo hace intentando correrse al centro del tablero político, apelando al aval simbólico de figuras del pseudo-peronismo representado por Martín Llaryora, con el objetivo de contener una caída electoral que en los hechos parece inevitable.
Torres, que acompañó sin matices el ajuste brutal de Milei, que justificó cada recorte y cada embestida contra los recursos de las provincias, ahora pretende que su propia gestión no sea plebiscitada. En su lugar, busca transformar las elecciones en una suerte de referéndum contra el gobierno nacional, jugando con el malestar que él mismo ayudó a profundizar.
En este nuevo relato, también ensaya una supuesta defensa del federalismo. Pero ese discurso resulta tan vacío como oportunista: Torres ya entregó todo. Acompañó sin condiciones la ley Bases, validó la licuación del presupuesto educativo, la paralización de la obra pública y el desmantelamiento del entramado productivo patagónico. Su federalismo de ocasión nunca defendió los intereses de Chubut; fue, en todo caso, la máscara con la que justificó su subordinación al poder central.
Este intento de camuflaje desconoce su historial reciente. Porque si algo quedó claro en estos meses es que Torres nunca se plantó frente a Milei: eligió ser su mejor alumno. Y ahora, con la elección cerca y los números en contra, quiere disfrazarse de lo que nunca fue ni será.