miércoles, febrero 11, 2026

Robinson Crusoe y el naufragio de una época

Por Ariel Kuzmichuk
Aprovechando su paso reciente por el streaming, esta versión del famoso náufrago sirve —como siempre— de excusa para abordar otros temas que van más allá de la simple aventura exótica. Así que acá va: Robinson Crusoe, una película estadounidense del género de aventuras, estrenada en 1997, dirigida por Rod Hardy y George T. Miller, y protagonizada por Pierce Brosnan.
Lo primero que voy a advertir es que estos dos experimentados directores, ambos australianos, estuvieron durante gran parte de su carrera abocados a la dirección de telefilmes y series de TV. Esto no les quita mérito: han logrado grandes producciones de distintas calidades, y no vamos —por lo menos en esta columna— a menospreciar estos formatos solo porque sus productos no llegaron a las pantallas grandes. Todos hemos experimentado grandes adaptaciones y clásicos que, aunque nacidos para la televisión, perduran y perduran en el imaginario colectivo. En muchos casos, las versiones televisivas son de mayor calidad o tienen una factura general más sólida que muchas producciones de cine. Ahí están Fargo, Hannibal, Buffy, la cazavampiros, por nombrar solo algunas.
La filmación de esta película tuvo lugar en Papúa Nueva Guinea en 1995. El papel principal estuvo encarnado por el actor británico que, para entonces, ya era un rostro reconocido por interpretar al carismático agente de la corona inglesa: James Bond.
Y vale la pena detenerse un segundo en cómo llegó Brosnan a convertirse en 007, porque hay una historia ahí también. En 1986 fue elegido para interpretar a Bond en TheLiving Daylights (1987), pero su contrato con la serie Remington Steele fue renovado de forma inesperada, impidiéndole aceptar el papel. Así fue como entró Timothy Dalton. Luego de sus dos películas como Bond y tras varios líos legales que trabaron nuevas producciones, Brosnan fue convocado de nuevo. El 8 de junio de 1994 fue oficialmente presentado como el nuevo 007, y su debut fue en GoldenEye (1995), al que siguieron Tomorrow Never Dies (1997), The World Is Not Enough (1999) y Die Another Day(2002).
Volviendo al legendario náufrago: hubo incontables versiones de esta historia, y como suele pasar, algunas películas no envejecen bien. Otras, directamente, nacen viejas, oxidadas, como un galeón encallado en la arena. La versión de Robinson Crusoe que protagonizó Pierce Brosnan en 1997 pertenece sin dudas a esta segunda categoría: una película que en vez de aggiornarse, se hunde sin gloria en la carga ideológica de un relato colonial que no supo, no quiso, o no se atrevió a revisarse.
Ya de por sí, adaptar la novela de Daniel Defoe en pleno fin del siglo XX es una decisión arriesgada si no se hace con algo de autoconciencia crítica. Pero esta versión, dirigida por Hardy y Miller (sí, entre dos no hicieron uno), se recuesta cómodamente en la historia original, sin mostrar ni una mueca de incomodidad frente a la pesada mochila del colonialismo británico. Lo que vemos es, ni más ni menos, la historia del inglés bueno, civilizado, cristiano, que cae en la isla y convierte al otro —Viernes— en sirviente, discípulo y símbolo de su superioridad moral.
Brosnan hace lo que puede. Repite el gesto dolido que ya le conocíamos del Bond post-resaca, pero su carisma no alcanza para salvar el naufragio narrativo. Su Robinson está más preocupado por enseñar a rezar, hablar inglés y vestirse como un lord a su nuevo amigo isleño que por cuestionarse mínimamente qué hace ahí, por qué llegó o si tiene derecho a hacer lo que hace. En plena década del noventa —con el mundo post-Guerra Fría reacomodando sus discursos sobre el Otro— la película decide mirar para otro lado y sigue vendiendo la fantasía del blanco civilizador como si nada.
El personaje de Viernes (interpretado por William Takaku) merece un párrafo aparte. En un intento tibio por dotarlo de dignidad o personalidad, lo muestran rebelde, algo contestatario, pero al final vuelve a ocupar su lugar como el indígena noble que se somete a la autoridad moral del blanco. Es un espejo de tantas películas hollywoodenses donde la diversidad solo existe para confirmar el liderazgo blanco, no para disputarlo.
La puesta en escena es televisiva, plana, sin imaginación. Se supone que la isla debería transmitir peligro, misterio, desafío. Pero todo luce prefabricado, con planos genéricos y una fotografía que parece sacada de un telefilm de sobremesa. Los diálogos son de cartón, y la música empuja hacia un dramatismo épico que no se sostiene con nada.
¿Era posible otra versión de Robinson Crusoe en 1997? Sí. Una que discutiera la historia original, que la pusiera en crisis, que invirtiera los roles, que hiciera de la isla no un escenario de redención del blanco, sino un espacio de tensión y crítica. Pero no. Prefirieron quedarse con la postal. Con el mito imperial sin manchas. Y así les fue: una película olvidada antes de llegar a puerto.
Esta Robinson Crusoe es como una expedición que nunca sale del puerto ideológico de origen: previsible, conservadora y ajena al debate que pedía a gritos. En vez de cuestionar el mito fundacional del hombre blanco solo y fuerte, lo reitera con la solemnidad de quien no entendió nada. O peor, de quien no quiso entender.

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