miércoles, septiembre 23, 2026 | 18:54
miércoles, septiembre 23, 2026 | 18:54

Qué pasó en un campo de Península Valdés después de 20 años sin ovejas

En 7.300 hectáreas de San Pablo de Valdés se recuperaron los pastizales y regresaron choiques, maras, guanacos, zorros y hasta pumas. Ahora, científicos estudian esos cambios para responder una pregunta central para la Patagonia: cómo hacer convivir la biodiversidad con la producción ganadera.
Hace más de 20 años dejaron de pastar ovejas en un sector de Península Valdés. Lo que ocurrió después convirtió al lugar en un escenario privilegiado para observar cómo responde la estepa patagónica cuando desaparece esa presión sobre el ambiente.
Los pastizales naturales comenzaron a recuperarse. Y detrás de ellos también regresó la fauna.
“Ha recuperado los choiques, los zorros, las maras, los guanacos, hasta aun los pumas”, resumió Manuel Jaramillo, director general de Fundación Vida Silvestre.
Manuel Jaramillo, director general de Fundación Vida Silvestre.
Ocurre en San Pablo de Valdés, una reserva de aproximadamente 7.300 hectáreas donde actualmente se realizan investigaciones para entender esos cambios y, principalmente, qué pueden aportar al resto del territorio.

Cuando vuelve el puma, aparece otro desafío

La recuperación de la biodiversidad también abre conflictos.
Si aumentan las poblaciones de fauna silvestre en zonas donde existe actividad ganadera, aparece una pregunta inevitable: ¿cómo proteger las majadas sin eliminar a los depredadores?
Una de las respuestas que se está explorando son los perros protectores de ganado.
No son perros que simplemente recorren los campos. Nacen y se crían entre las ovejas hasta integrarse a la majada. Su presencia funciona como protección frente a posibles ataques.
Según Jaramillo, dos perros correctamente manejados pueden proteger entre 4.000 y 4.500 ovejas.
Es apenas un ejemplo de una discusión mucho mayor.
“El manejo integrado de los ecosistemas puede y debe convivir con la producción”, sostuvo.

Un laboratorio a cielo abierto en la estepa

San Pablo de Valdés también funciona como espacio para investigadores y estudiantes. Su estación biológica puede recibir hasta 20 científicos con sus equipos.
Allí se monitorea qué ocurre con los pastizales después de retirar el pastoreo, cómo responde la biodiversidad y qué efectos producen fenómenos extremos.
El objetivo no es estudiar solamente lo que sucede dentro de la reserva.
La información busca ayudar a comprender procesos que atraviesan a toda la estepa patagónica y encontrar herramientas que puedan aplicarse tanto a la conservación como a la producción.
Y entre esos procesos aparece un problema especialmente sensible de cara a los próximos meses.

Mucha lluvia no significa menos riesgo de incendios

El invierno y la primavera lluviosos favorecen el crecimiento de los pastos. Pero cuando llegue el calor, parte de esa vegetación se secará.
Ahí aparece el riesgo.
“Esos pastos se van a secar y van a ser un montón de materia seca disponible para que en la próxima temporada de calor podamos tener nuevamente incendios”, advirtió Jaramillo.
Por eso insistió en anticiparse: mantener cortafuegos, limpiar sectores sensibles, evitar quemas sin autorización y fortalecer los sistemas de alerta y respuesta temprana.
La advertencia rompe además con una idea intuitiva: que haber tenido abundantes lluvias necesariamente reduce el peligro de incendios.
En una región naturalmente seca, una mayor cantidad de vegetación también puede significar más combustible disponible meses después.

Conservar sin dejar de producir

Para Jaramillo, el desafío excede a una reserva natural.
La actividad ganadera patagónica enfrenta costos elevados, cambios en el mercado de la lana y dificultades productivas. Al mismo tiempo, la recuperación de los ecosistemas puede aumentar las interacciones entre el ganado y la fauna silvestre.
Por eso, planteó que ninguna de las dos dimensiones puede analizarse por separado.
“Sin desconocer las necesidades que tienen los productores, tampoco podemos desconocer la obligación que tenemos como sociedad de conservar la biodiversidad”.
Después de dos décadas sin ovejas, San Pablo de Valdés permite observar qué ocurre cuando la estepa comienza a recuperar parte de su dinámica natural.
Ahora, la pregunta más compleja está fuera de los límites de la reserva: cómo utilizar lo aprendido allí para que producción y biodiversidad puedan compartir el mismo territorio.

Podría Interesarte

Chubut: ya plantaron 32.000 árboles nativos para recuperar los bosques de Lago Epuyén

De Lago Epuyén a Río Turbio, Chubut puso en...

Núñez fue propuesto para seguir al frente de la CGT del Valle y una mujer integrará el triunvirato

Luis Núñez quedó nominado para continuar en la conducción...

Camila Aguirrezabala y “El cuerpo archiva”: cuando la poesía nace de lo que el cuerpo no olvida

Durante más de 20 años, Camila Aguirrezabala acompañó a...

Más de 300 ballenatos muertos: crece la preocupación en Península Valdés

Vecinos de Puerto Pirámides advierten sobre una elevada mortandad...
×