martes, marzo 24, 2026

Los Oscar: ordenar el caos cultural a golpe de estatuillas

En esta columna de opinión, Ariel Kuzmichuk propone mirar los Oscar más allá del espectáculo: como un dispositivo de poder que consagra, silencia y construye memoria. Un recorrido por sus contradicciones revela cómo Hollywood intenta ordenar el caos cultural en forma de estatuilla.

Pasaron los Premios Óscar. Voy a ser sincero —y, por supuesto, subjetivo—: no me importan demasiado. Siempre me resultaron aburridos. No es una ceremonia que me seduzca ver, sobre todo por su idiosincrasia tan marcadamente norteamericana. Perdón.
Pero hay algo de los Oscar que sí me interesa: la resaca. Lo que queda después de esa fiesta del espectáculo cinematográfico estadounidense —porque, sobre todas las cosas, es eso: un espectáculo de Estados Unidos para el mundo—. La alfombra roja se enrolla, las luces se apagan y aparece otra cosa. Una especie de basura interesante, de sedimento cultural que muchas veces dice más que la propia ceremonia.
Ahí, en esa mugre debajo de la alfombra, es donde el evento funciona como un termómetro. No del cine, sino del momento histórico. De lo que incomoda, de lo que se calla, de lo que se premia y de lo que se castiga. Porque el Oscar, más que una celebración, es una forma de narrar un mundo.
Ese “chusmerío”, si se quiere, es lo que vale la pena revisar por lo menos para mi. Y eso es lo que intento hacer acá: un repaso arbitrario, caprichoso, poco objetivo, de algunos momentos que cruzan cine, política e historia. No es un análisis académico; es una colección de escenas donde el espectáculo se rompe y deja ver lo que hay atrás.
Hay algo profundamente incómodo en los Premios Óscar cuando uno deja de mirarlos como una fiesta y empieza a verlos como lo que realmente son: una ceremonia de poder. No del poder abstracto del arte, sino del concreto, el que decide qué se recuerda, qué se legitima y, sobre todo, qué se olvida.
La historia arranca en 1929, en una cena privada en el Hollywood Roosevelt Hotel. No había cámaras, no había público masivo, no había épica. Era Hollywood hablándose a sí mismo, celebrándose a sí mismo. Un gesto de autoconstrucción: la industria inventando su propio canon.
Durante los años 40 y 50, mientras el mundo salía de una guerra, Hollywood entraba en otra: la ideológica. La Caza de brujas de Hollywood no solo expulsó nombres, también moldeó discursos. Uno de los casos más brutales es el de Dalton Trumbo, que tuvo que escribir en las sombras. Su trabajo en Roman Holiday fue premiado… pero sin su nombre. La paradoja es obscena: Hollywood premiando talento mientras lo silencia. El caso de Dalton Trumbo es, probablemente, uno de los ejemplos más claros —y más incómodos— de cómo Hollywood supo premiar talento mientras lo perseguía al mismo tiempo.
Trumbo no era un marginal: era uno de los guionistas mejor pagos de la industria en los años 40. Había trabajado en películas importantes como Kitty Foyle, que incluso le valió una nominación al Oscar. Pero su afiliación al Partido Comunista lo convirtió rápidamente en objetivo durante la Caza de brujas de Hollywood.
En 1947, fue citado a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Se negó a responder preguntas sobre su ideología política y, como consecuencia, fue condenado por desacato al Congreso. Terminó preso y, lo que es más importante para esta historia, incluido en la lista negra de Hollywood.
Ahí empieza la parte más absurda —y más reveladora—.
Expulsado oficialmente de la industria, Trumbo siguió escribiendo. Pero lo hizo en las sombras, usando seudónimos o prestando su trabajo a otros nombres. Y en ese contexto ocurre una de las grandes contradicciones de los Oscar: en 1954, gana el premio al Mejor Guion por Roman Holiday… pero no puede recibirlo porque no figura como autor. El crédito fue para Ian McLellan Hunter, un “frente” que puso su nombre para cubrirlo.
Como si eso no fuera suficiente, en 1957 vuelve a ganar otro Oscar, esta vez por The Brave One, bajo el seudónimo “Robert Rich”. Nadie sabía quién era ese supuesto guionista. La Academia premiaba una identidad inexistente mientras ignoraba deliberadamente al verdadero autor.
Es difícil encontrar una imagen más precisa del cinismo de la época: Hollywood necesitaba el talento de Trumbo, pero al mismo tiempo necesitaba fingir que no existía.
La rehabilitación llegó tarde. Recién en 1960, con Kirk Douglas acreditándolo públicamente en Spartacus y Otto Preminger haciendo lo mismo en El Exodo, su nombre volvió a aparecer en pantalla sin disfraces. Fue un quiebre: la lista negra empezaba a resquebrajarse.
Décadas después, la Academia corrigió —tarde, otra vez— los créditos y le devolvió oficialmente los premios.
El caso Trumbo deja algo claro: el Oscar no solo consagra, también borra. Puede elevar una obra mientras oculta a quien la hizo. Y cuando decide reparar ese olvido, ya no es justicia: es apenas una forma de limpiar su propia historia.
En ese mismo clima aparece High Noon, una película que hoy parece un western clásico, pero que en su momento fue leída como una alegoría incómoda sobre la cobardía colectiva frente a la persecución política. Su guionista, Carl Foreman, fue citado por el comité de actividades antiamericanas y terminó prácticamente expulsado de la industria. El film, protagonizado por Gary Cooper, mostraba a un hombre abandonado por su comunidad justo cuando más la necesitaba. No era difícil ver la analogía.
Lo interesante es que no todos lo leyeron igual. John Wayne despreciaba la película. La consideraba “antiamericana”, una especie de traición a los valores que el western supuestamente debía defender. Para él, ese sheriff que esperaba ayuda y no la recibía era una imagen débil, casi cobarde. Años más tarde, Wayne participaría activamente en la persecución ideológica que la película denunciaba.
Y sin embargo, la Academia premió a Cooper como Mejor Actor. Hay una ironía feroz en eso: Hollywood celebrando en pantalla una historia que, fuera de ella, estaba contribuyendo a destruir. La película ganaba legitimidad mientras su guionista era empujado al exilio.
Pero el sistema, cada tanto, hace agua. Y ahí aparecen las grietas.
En 1973, Marlon Brando rechaza su premio por El Padrino y envía a Sacheen Littlefeather una joven activista de ascendencia apache y yaqui, con un mensaje claro: rechazar el premio en protesta por la representación de los pueblos indígenas en Hollywood y por la situación que atravesaban en ese momento en Estados Unidos, particularmente el conflicto en Wounded Knee.
Lo que ocurrió en el escenario fue breve, pero brutal.
Littlefeather subió, levantó la mano para frenar la estatuilla y leyó —o intentó leer— el discurso de Brando. No la dejaron. Le indicaron que tenía apenas unos segundos. Alcanzó a decir lo esencial: que Brando no aceptaba el premio debido al trato hacia los nativos americanos por parte de la industria cinematográfica y la televisión.
La reacción fue inmediata y dividida. Hubo aplausos, pero también abucheos. No era solo desacuerdo: era incomodidad. Hollywood, que tantas veces había narrado la injusticia, no toleraba verla expuesta en su propia ceremonia. El momento rompía la lógica del espectáculo: en lugar de agradecimientos y celebración, aparecía la política en estado puro.
Las consecuencias para Littlefeather fueron duras. Fue marginada de la industria, perdió oportunidades laborales y quedó marcada durante años. Su intervención no fue leída como un acto legítimo, sino como una irrupción indeseada.
Recién décadas después, en 2022, la Academy of Motion Picture Arts and Sciences le pidió disculpas formalmente. Tarde, otra vez. Como suele pasar en esta historia.
El gesto de Littlefeather funciona hoy como una bisagra. No solo por lo que dijo, sino por lo que provocó: dejó en evidencia que el Oscar no es un espacio neutral. Es un escenario donde la política está siempre presente, incluso cuando intenta ocultarse detrás del brillo.
Y hay algo más incómodo todavía: ese momento sigue siendo excepcional. Medio siglo después, pocas veces el escenario de los Oscar toleró una irrupción tan directa, tan incómoda, tan fuera de guion..
Un año después, mientras se premiaba The Sting, un hombre desnudo cruza el escenario. El caos mínimo dentro del control absoluto.
En los 90, el Oscar se convierte definitivamente en una maquinaria de lobby. Shakespeare in Love vence a Saving Private Ryan. Detrás, Harvey Weinstein y la profesionalización de la campaña como arma.
Pero si hay un momento donde la tensión entre ética y memoria se vuelve insoportable es el Oscar honorífico a Elia Kazan en 1999. Kazan había denunciado a colegas durante la caza de brujas. Cuando sube al escenario, el teatro se parte en dos: algunos aplauden, otros —actores, directores, gente de la industria— permanecen sentados, en silencio. No es un descuido: es una toma de posición. El aplauso, o la ausencia de él, como gesto político.
Muy distinto fue lo que ocurrió décadas antes con Charles Chaplin. Exiliado durante años por sospechas ideológicas, regresó en 1972 para recibir un Oscar honorífico. La ovación fue histórica: varios minutos de aplausos ininterrumpidos. No era solo reconocimiento artístico; era una forma tardía de pedir perdón.
Más cerca en el tiempo, la cachetada de Will Smith a Chris Rock durante una ceremonia donde competía CODA. La violencia real irrumpiendo en el escenario más guionado del mundo. Y, aun así, el show continuó.
En paralelo, películas como Parasitos, Nomadland o Todo, en todas partes, al mismo tiempo parecería un intento de apertura al canon, no lo sé.. Mientras tanto, otras como Roma o The Irishman evidencian el cambio de paradigma con el streaming.Y sin embargo, sigue importando.
No porque premie siempre a lo mejor —eso sería ingenuo—, sino porque funciona como síntoma. Porque cada elección, cada omisión, cada escándalo, deja una marca.
Mirar hoy a los Premios Óscar es ver una narrativa en disputa. Un intento constante de ordenar el caos cultural en forma de estatuilla.
Por eso, quizás, lo más interesante no está en quién gana, sino en qué queda expuesto en el proceso. Porque cuando el brillo baja, lo que aparece no es la magia del cine, sino algo mucho más terrenal: una industria tratando de contarse a sí misma… y de convencernos de que todavía tiene el control.

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