Por Ariel Kuzminchuk
El reciente estreno internacional de El Eternauta en formato audiovisual ha reavivado el interés por una de las obras más emblemáticas de la historieta argentina. Sin embargo, más allá de su valor artístico o de producción, conviene detenerse a pensar en lo que esta historia significó —y sigue significando— en términos sociales, políticos y culturales.
Esta crónica propone mirar más allá de la superficie, hacia el fondo profundo de una obra que nació en tiempos oscuros y que, aún hoy, conserva una inquietante actualidad. Mucha tinta va a correr tras el estreno internacional de El Eternauta. Es solo una forma de decir, claro, porque en estos tiempos digitales la tinta ya no se ve, casi no existe. Se ha desvanecido entre píxeles y pantallas. Pero seguimos usando esa expresión porque aún conserva su fuerza: la tinta es la palabra escrita, es el trazo que deja huella, incluso cuando ya no es visible.
Vivimos rodeados de información —o de lo que aparenta serlo— y hemos aprendido a recibirla con naturalidad, como quien respira sin pensar en ello. La tinta, entonces, permanece como símbolo. Es cuerpo de letra y de ideas, materia de pensamientos, un puente que nos ayuda a darle sentido a lo que experimentamos. Nos ayuda, incluso, a nombrar lo que no comprendemos del todo.
“Pero lo viejo sirve”, grita Favalli en la serie de Netflix, mirando a su cómplice con la firmeza de quien ha visto demasiado.
Corría el año 1957 cuando El Eternauta apareció por primera vez en las páginas de la revista Hora Cero. Su creador, Héctor Germán Oesterheld, además de guionista, era geólogo. Estaba acostumbrado a leer el tiempo en las capas de la tierra. Tal vez por eso supo también leer las capas sociales de su país. Lo que otros no veían en la superficie, él lo intuía bajo los sedimentos de la historia. Su sensibilidad lo llevó más allá de la ciencia: se convirtió en un cronista del alma humana, un narrador de lo invisible, un antropólogo del presente.
El Eternauta fue, y sigue siendo, más que una historia de ciencia ficción. Es un relato de resistencia. Un espejo que muestra lo que preferimos no ver. Es, en definitiva, un aviso: el peligro puede venir del cielo, sí, pero también del poder que acecha en la tierra, en las calles, en los despachos.
Hoy, algunos intentan separar la obra de su autor, como si fuera posible leer El Eternauta sin leer lo que subyace. Dicen que puede disfrutarse sin pensar en su “mensaje oculto”, como si la ciencia ficción no tuviera nada que decir, como si fuera apenas un juego de imaginación desbordada, sin raíces ni propósitos. Como si quienes la crean no tuvieran más intención que la de entretener. Como si sus protagonistas y antagonistas no fueran reflejos de nuestra propia condición.
Pero la ciencia ficción, en cualquiera de sus formas —literatura, cine, cómic— siempre fue un arte metafórico. Un espacio de libertad para contar lo que, de otro modo, no se podía contar. Un vehículo para hablar de política, de miedo, de injusticia, de futuro y de pasado. Es, a menudo, una verdad disfrazada de invención.
En esos años, el país ya sangraba en silencio. Solo un año antes, en un descampado de José León Suárez, un grupo de hombres jugaba a las cartas cuando la policía irrumpió. Los golpearon, los detuvieron, los llevaron a un basural. Allí, entre los escombros y la oscuridad, los fusilaron. Era una noche fría, y la ley marcial cayó como un rayo de miedo sobre sus cuerpos. Aquellos hombres fueron arrancados de sus familias, de sus trabajos, de sus barrios, de sus luchas. El terror, la censura y la muerte se estaban instalando como formas de gobierno. El miedo se volvió costumbre.
Oesterheld vivía en ese mismo universo. Observaba con atención. No estaba solo: en paralelo, Rodolfo Walsh reconstruía los hechos y en ese mismo año publicaba Operación Masacre, un libro fundamental. También él comenzaba su relato en torno a una mesa y una partida de truco.
Ambos, cada uno a su manera, con sus palabras y sus herramientas, supieron ponerle nombre al horror. Y lo contaron. Porque a veces, la única manera de resistir es escribir. Aunque ya no haya tinta.