Durante más de 20 años, Camila Aguirrezabala acompañó a mujeres atravesadas por distintas formas de violencia. Hubo historias, expedientes, informes y dolores que también fueron quedando en ella. Hoy, parte de ese recorrido se transforma en “El cuerpo archiva”, un libro de poesía que todavía está en imprenta y que propone poner en palabras aquello que muchas veces permanece guardado en el cuerpo.
Camila Aguirrezabala tenía 19 años cuando una niña se acercó a contarle algo que cambiaría para siempre su manera de mirar el mundo. Le dijo que su abuelo abusaba de ella.
Camila era muy joven. Pero escuchó.
Con su madre como respaldo, comenzó a acompañar a esa niña y a hacer lo necesario para asistirla. No sabía entonces que aquella historia sería la primera de muchas ni que, más de dos décadas después, regresaría de otra manera, mezclada con cientos de voces, expedientes y recuerdos, convertida en poesía.
“Fue el primer caso y fue cuando decidí que eso era lo que me iba a impulsar. Trabajara de lo que trabajara, independientemente de cómo tuviese un sueldo, siempre me dediqué a formarme y a atender víctimas de violencia de género”, recuerda.
Así comenzaron más de 20 años de acompañamiento a mujeres y víctimas de distintas formas de violencia. Hubo un tiempo, cuenta, en que desde la fundación en la que trabajaba llevaban estadísticas: llegaron a registrar unos 4.000 casos atendidos en un año, además de una cantidad aún mayor de asesoramientos.
Pero detrás de cada número había una historia. Y cada historia dejaba algo.
“No hay forma de que no colapse el cuerpo en ese archivo que una va teniendo. En mi caso, colapsó mi cabeza. Tuve dos ACV y no volví a atender casos por obvias razones”, cuenta.
La frase aparece ahora con otro significado. Porque ese archivo del que habla Camila terminaría, años después, dándole nombre a su nuevo libro.
Lo que queda en el cuerpo
El cuerpo archiva todavía está en imprenta. Sin embargo, sus poemas ya comenzaron a circular en formato digital entre algunas lectoras y permiten asomarse a una obra que Camila construyó a partir de aquello que vio, escuchó y acompañó durante buena parte de su vida.
“El cuerpo archiva, literalmente, archiva los golpes del machismo”, explica.
Y no habla únicamente de golpes físicos.
Habla de una cachetada, pero también del miedo. Del control sobre el dinero. De la violencia psicológica. Del acoso. De una mano que avanza después de un “no”. De las llaves, los horarios y las explicaciones exigidas como si fueran parte natural de una relación.
Experiencias que pueden no dejar una marca visible y que, sin embargo, permanecen.
Uno de los poemas lo dice así:
“No fue nada, dijeron. Como si el daño necesitara ruido (…) Sin marca no hay historia, pero el cuerpo archiva distinto”.
Escribir sobre esas violencias sin convertirlas en algo romántico fue uno de sus principales desafíos. El primer intento no funcionó. Dejó el proyecto, escribió otro libro y recién después sintió que podía regresar.
Entonces volvió también sobre materiales de aquellos años: expedientes, informes y documentos que ella misma había producido mientras trabajaba con casos de violencia de género.
Y encontró algo que la sorprendió por su repetición.
Cuando buscaba, por ejemplo, situaciones de violencia económica, aparecían una detrás de otra. Cambiaban los nombres y algunos detalles, pero los mecanismos se parecían demasiado.
“Cuando leés uno, otro, los comparás y varían los nombres. Después, el resto son casi plantillas. Siempre pasa lo mismo, siempre empieza de la misma manera y siempre culmina de la misma manera”, sostiene.
De allí surgió una decisión central del libro: los poemas no tendrían nombres propios. Podrían hablar de una mujer, pero también de muchas.
Podría ser una madre. Una hermana. Una amiga. Una vecina.
O una misma.
Molly Pérez, la historia que sí tiene nombre

Hay una excepción.
El cuerpo archiva comienza con un poema inspirado en Molly Pérez, víctima de femicidio. Aguirrezabala había acompañado a su familia y, cuando comenzó a escribir, esa historia apareció sin mezclarse con ninguna otra.
“El primer poema, que es puntualmente sobre el femicidio, no pensé en otro caso. Fue solo pensando en Molly, en su mamá, Alejandra, en su abuela y todo lo que fueron viviendo”, recuerda.
Molly ocupa así un lugar singular dentro de un libro que después busca correrse de las historias individuales para mostrar algo más amplio.
Porque Aguirrezabala encontró, al revisar aquellos archivos, que muchas violencias podían reconocerse unas dentro de otras.
Esa repetición atraviesa los poemas.
En Llaves, por ejemplo, escribe:
“Él tenía las llaves de todo, la puerta, la plata, los horarios (…) No era encierro, era convivencia, la arquitectura prolija de una jaula sin barrotes visibles”.
La poesía convierte entonces situaciones cotidianas en imágenes capaces de incomodar. Y también de hacer que alguien pueda reconocerse en ellas.
La poesía como otra forma de militar
Durante años, la militancia de Camila estuvo ligada al acompañamiento directo de mujeres. Hoy encuentra otra posibilidad en la escritura.
“La poesía es una gran forma de militar desde lo artístico”, dice.
Para ella, escribir El cuerpo archiva fue también encontrar una manera distinta de continuar hablando sobre violencia de género después de haber dejado la atención de casos.
“Si comunica, funciona. Y si funciona, también va por ahí la militancia”, resume.
La elección de la poesía no fue casual. Aguirrezabala escribe otros géneros, pero siente que ninguno consigue transmitir de la misma manera aquello que busca decir.
Y las primeras devoluciones parecen haber reforzado esa idea.
Entre quienes ya accedieron a la versión digital hubo, cuenta, mujeres que nunca habían leído poesía o que directamente decían que no les gustaba. Sin embargo, encontraron algo diferente en estos textos.
“Se van a encontrar con que las va a atravesar, con que se van a reflejar en un poema, que van a ver a alguien en un poema”, anticipa.
El libro estará acompañado además por ilustraciones que la autora describe como duras y, al mismo tiempo, atravesadas por una estética particular.
Su propio archivo



